Le decían “el Chuby”; una mierda de apodo, lo sé. Era la persona más inverosímil que te podrías haber encontrado en la Secundaria. Era un chico problema, un outsider.

Lo veías transitar por los pasillos con indiferencia. Su trato era, en principio, amable pero cualquier pretexto lo hacía estallar y convertirse en una amenaza. Una amenaza que no podías ignorar fácilmente.

Me explico:

En una ocasión, en clase de Historia, le comenté lo graciosa que se veía la maestra mientras escribía en el pizarrón, porque se le movían las pompas. Por supuesto que el Chuby amenazó con denunciarme diciendo: “le voy a decir que te gusta verle las pompas”. Terminó no haciéndolo, pero aprendí mi lección.

En otra ocasión, recuerdo verlo destruir mobiliario de la escuela junto a otros chicos y, al finalizar, amenazar muy campante con delatar a todo el grupo; obvio, dejándolos con la cara pálida y sin respuesta. En esa ocasión, sí cumplió la amenaza, pero no recuerdo la consecuencia.

Ese era el Chuby, un ser que invitaba a la destrucción y que podía poner en evidencia la falta de causa y seguridad en todos nosotros: una bola de adolescentes acostumbrados a transitar la vida por inercia. Chuby nos mostraba uno de los rostros del caos.

Palabras

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