ESCENA UNO:

Mi hijo estaba de campamento con todo su grupo. En un tiempo libre se pusieron a jugar todos, niños y niñas, en una especie de batalla-historia en la que todos se perseguían y se tiraban unos encima de otros muertos de la risa. El sentir general de los padres expectantes se resumiría en la frase que externó un papá: “No sé si esto está bien o está mal”.

ESCENA DOS:

Un compañero de mi hijo quiso festejar su cumpleaños número once, invitando a sus dos mejores amigos y sus dos mejores amigas. La idea original era una pijamada, continuando el festejo al día siguiente. Pijamada que implicaba toda una logística para que los niños y las niñas no invadieran su privacidad. Por supuesto que, para los papás de las niñas, el asunto de la pijamada nunca estuvo a consideración. A la parte del festejo al día siguiente, que fue en el club del fraccionamiento, sí fueron, pero no a la parte de regresar después a la casa del festejado.

ESCENA TRES:

Mi hijo también quiso invitar a su cumpleaños a sus dos mejores amigos y sus dos mejores amigas, con los que se junta todos los recreos sin problema. Al no poder una de las dos compañeras asistir, los papás de la segunda prefirieron no dejarla venir porque iba a ser: “la única niña”.

Así es que creo que realmente para la igualdad de convivencia entre hombres y mujeres muchos no están listos. Sí, suena muy bonito y, si nos preguntaran, todos diríamos que deseamos vivir la igualdad. Pero no podemos ignorar el adoctrinamiento que tenemos y que inconscientemente pasamos a las siguientes generaciones en situaciones tan cotidianas como convivir sin distinciones de género en una fiesta.

Ojalá nuestros hijos nos superen.

Palabras

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