Decía Woody Allen que el principal obstáculo entre el éxito y él, era él mismo. Creo que esa afirmación se aplica a mi caso en grado superlativo.

No me considero una persona con empuje. En el mejor de los casos, soy una persona que sabe seguir al líder. Soy un buen número dos. Y, aun así, me decidí a lanzar mi proyecto musical solo. En un ataque inaudito de confianza en mí.

Por supuesto que uno nunca está solo del todo. Hay una serie de individuos mágicos que están dispuestos a ayudarte (porque son mejores personas que tú). Pero pronto descubres que gran parte de tu labor es tomar el control y liderar el trabajo. Cosa que la mayoría de las veces me incomoda y aterra.

Me explico:

Cuando es tu proyecto, si tú no indicas el camino, no hay nadie que lo haga. No hay otro miembro de la banda que tenga ideas diferentes a las que te puedas sumar, o que se complementen con las tuyas. Lo peor es que, la mayoría de las veces, te encuentras en situaciones en las que no tienes idea de qué estás haciendo.

No hay nadie que te jale. Que tome el relevo cuando estás cansado, cuando no tienes el ánimo necesario. Eres el tipo del frente, el de en medio y el de atrás. Si no estás, no hay nadie. Y ahí estás, en entrevistas y en shows, tratando de recordar a Freddy Mercury diciendo: “The show must go on”.

Tampoco hay quien te sacuda. Como parte de tu sensibilidad implica deprimirte, cuando te sucede, no hay quién te ayude a sobrellevarlo. Pero entregarte a la depresión significa entregarte a la inactividad. Y de las cosas más difíciles que uno puede hacer, es no hacerle caso a tu autodestrucción.

Así que no es fácil. Tanto así que me he descubierto muchas veces queriendo ser una máquina, que no se canse, que esté programada para ser creativa todo el tiempo.

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